Entrevista a Juan Goñi Uriarte, Klic Arquitectos

Juan Goñi Uriarte

Hoy tenemos el placer de presentaros a Juan Goñi Uriarte, Arquitecto, MRDIA, MBA en Inmobiliaria, cofundador y gerente de Klic Arquitectos y profesor en la EADE Universidad.

¿Qué es lo que te empuja en un principio a emprender la carrera de Arquitectura?

JGU: Es una carrera muy holística que te hace tocar disciplinas y saberes muy diferentes, que se dan cita en los espacios habitados, negociando sus pesos relativos en la solución final. Quería ser parte de esa conversación.

Fundaste Klic Arquitectos en 2006 (justo antes del estallido de la burbuja inmobiliaria). ¿Cuál era tu «manifiesto» urbano entonces y cómo ha evolucionado tras casi dos décadas?

JGU: En 2006 el manifiesto era casi de supervivencia: hacer arquitectura honesta, sin los excesos que veíamos a nuestro alrededor. Sabíamos que algo no cuadraba, aunque no imaginábamos la magnitud de lo que venía. Nuestra apuesta fue siempre por proyectos donde el cliente entendiera el valor de lo que estaba pagando, con transparencia en costes y plazos.

Casi dos décadas después, ese manifiesto ha madurado. Ahora hablamos de sostenibilidad real (no de greenwashing), de industrialización como herramienta de calidad y no solo de ahorro, y de internacionalización.

<La crisis nos enseñó que depender de un solo mercado es un error>

Hoy trabajamos con clientes internacionales, en proyectos hoteleros y de rehabilitación, y eso nos ha dado una perspectiva mucho más amplia.

En proyectos deportivos u hoteleros de gran escala, el reto es evitar que el edificio se convierta en una ‘isla’ urbana: ¿cuál es el mayor obstáculo técnico o normativo para que los edificios dejen de ser recintos cerrados y se integren de verdad en la trama urbana las 24 horas del día?

JGU: El mayor obstáculo es normativo, sin duda. Tenemos regulaciones pensadas para usos monofuncionales: un estadio es un estadio, un hotel es un hotel. Pero la ciudad contemporánea necesita edificios híbridos que funcionen las 24 horas. Un estadio debería tener comercio, restauración, espacios de coworking, zonas deportivas abiertas al barrio. Un hotel debería ofrecer servicios al vecindario, no solo al huésped.

El problema es que cada uso tiene su normativa sectorial, su régimen de licencias, sus exigencias de seguridad que a veces se contradicen entre sí. Conseguir que un edificio sea permeable al barrio requiere un trabajo previo enorme con la administración, y no siempre hay voluntad política para flexibilizar.
Técnicamente es posible; normativamente es un laberinto.

Fuiste presidente de la Comisión de Infraestructuras y urbanismo en la CEAJE, ¿cuáles fueron las prioridades que trasladasteis al Gobierno para mejorar la competitividad del sector y qué papel debe jugar la colaboración público-privada en la modernización de nuestras infraestructuras ante el actual escenario económico?

JGU: En su momento trasladamos tres prioridades claras: simplificación administrativa (los plazos de licencia en España son inaceptables comparados con otros países europeos), acceso a financiación para pymes del sector (los fondos europeos no están llegando a las empresas pequeñas), y apuesta decidida por la industrialización y la rehabilitación como política de Estado.

La colaboración público-privada es imprescindible, pero tiene que ser real. No hablo de concesiones donde el riesgo lo asume siempre el privado y el beneficio político se lo lleva la administración. Hablo de modelos donde ambas partes compartan riesgos y beneficios, con contratos claros y plazos razonables. El actual escenario económico, con tipos altos y fondos europeos que hay que ejecutar, es una oportunidad única. Si la desperdiciamos, tardaremos otra década en tener otra igual.

Desde tu doble faceta docente y empresarial, ¿de qué manera la metodología BIM ha transformado el lenguaje del arquitecto, convirtiendo el ‘dibujo’ tradicional en una base de datos viva de geometría, tiempo y costes?

JGU: BIM ha cambiado radicalmente nuestra forma de trabajar. El dibujo tradicional era una representación estática: líneas sobre papel que había que interpretar. BIM es información coordinada: cuando dibujas una ventana, estás definiendo su geometría, su material, su coste, su plazo de instalación, su mantenimiento futuro.

Esto tiene dos consecuencias enormes. Primera: los errores se detectan antes de llegar a obra, porque el modelo no miente. Segunda: el arquitecto recupera un papel central en la coordinación del proyecto, porque es quien gestiona esa base de datos viva.

En mi labor docente insisto mucho en esto: BIM no es un software, es una metodología.

<Puedes usar Revit y seguir trabajando como en los años 90
si no cambias tu forma de pensar>

El verdadero cambio es cultural, no tecnológico.

Apuestas decididamente por la construcción industrializada como cambio de paradigma. En un país con un déficit de vivienda tan marcado, ¿es la fabricación de edificios en el taller, y no en el solar, la única solución real para que el urbanismo español gane en velocidad, sostenibilidad y costes, sin convertir nuestras ciudades en catálogos de piezas clónicas?

JGU: Es la solución más realista a corto plazo, sí. No la única, pero sí la más escalable. El déficit de vivienda en España no se va a resolver con los métodos tradicionales: no hay mano de obra suficiente, los plazos son incompatibles con la urgencia social, y los costes se han disparado.

La industrialización permite construir más rápido, con mayor control de calidad y menor huella ambiental. Pero entiendo el miedo a las «piezas clónicas». La clave está en industrializar los procesos, no los diseños. Podemos fabricar componentes estandarizados que luego se ensamblen de formas diferentes según el contexto urbano, el clima, la cultura local.

No se trata de hacer ciudades de catálogo. Se trata de aplicar la lógica industrial (eficiencia, repetibilidad, control) a un sector que sigue funcionando como en el siglo XIX. La arquitectura de autor y la industrialización no son incompatibles; de hecho, los mejores ejemplos de construcción industrializada son proyectos con una identidad muy marcada.

Como defensor de que la tecnología debe ser una herramienta de transparencia: ¿Cómo está cambiando la irrupción de plataformas de ‘Inteligencia Urbanística’ —capaces de procesar miles de datos normativos en segundos— la forma en que los empresarios evalúan la viabilidad de un suelo, y de qué manera esto puede forzar a la Administración a ser más ágil y predecible?

JGU: Estas plataformas están democratizando el acceso a información que antes era opaca. Un inversor ya no necesita contratar a un equipo de urbanistas para saber si un suelo es viable: puede obtener un informe preliminar en minutos. Esto acelera la toma de decisiones y, sobre todo, reduce la asimetría de información entre grandes y pequeños operadores.

El efecto sobre la Administración es inevitable. Cuando el sector privado tiene herramientas que procesan la normativa más rápido que el propio ayuntamiento, la presión para modernizarse es enorme. Ya estamos viendo administraciones que digitalizan sus planes generales, que ofrecen consultas urbanísticas online, que reducen plazos.

Pero queda mucho camino. El reto no es solo tecnológico, es de voluntad política.

<La opacidad urbanística ha sido históricamente una fuente de poder>

Hacerla transparente incomoda a muchos. Pero es irreversible: quien no se adapte quedará fuera.

Como alguien que tiene el pulso de la calle y de la estrategia nacional, ¿qué gran transformación esperas que viva nuestro país en las próximas décadas?

JGU: Espero una transformación demográfica y territorial profunda. Las grandes ciudades seguirán atrayendo talento, pero veremos un renacer de ciudades medias y zonas rurales bien conectadas. El teletrabajo, la mejora de infraestructuras y el hartazgo con la masificación urbana están cambiando las reglas del juego.

También espero (y trabajo por ello) una transformación del sector de la construcción. En veinte años miraremos hacia atrás y nos parecerá increíble que construyéramos como lo hacíamos: con métodos artesanales, plazos impredecibles y un desperdicio enorme de recursos.

Y a nivel social, creo que vamos hacia una mayor exigencia de transparencia en todo: en la política, en los negocios, en el urbanismo. Las nuevas generaciones no toleran la opacidad que aceptamos los que crecimos en otra época. Eso es esperanzador.

Urbanismo

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