Entrevista a Adolfo Jordán, entre la técnica, la forma y el pensamiento.

Adolfo Jordán

Hoy tenemos el placer de presentaros a Adolfo Jordán, Doctor en Arquitectura por la UAH, especialista en Dirección Integrada de Proyectos, profesor del área de arquitectura en la Escuela de Arquitectura, Ingeniería, Ciencia y Computación, de la Universidad Europea de Madrid. Su trabajo investigador se sitúa en la intersección entre técnica, forma y pensamiento, con especial atención al enfoque metasistémico y paramétrico.

Has participado en grandes concursos premiados en entornos tan distintos como Europa y Asia. Más allá del idioma y las diferencias normativas, ¿qué aspectos culturales condicionan realmente la forma de proyectar y de coordinar equipos internacionales?

AJ: Participar en concursos y proyectos en ámbitos culturales tan diferentes te obliga a comprender que el proyecto no es en absoluto un “objeto universal”, no puede serlo, sino más bien todo un sistema de relaciones diseñado muy específicamente para un contexto muy concreto. Más allá de los códigos normativos o de las barreras idiomáticas, hay estructuras culturales que condicionan profundamente la propia lógica del proceso.

Así, en Europa, por ejemplo, el proyecto suele entenderse como una herramienta de anticipación: un sistema capaz de reducir la incertidumbre antes de construir. Esta tradición tiene raíces en la Ilustración y en la consolidación de la figura del arquitecto como un coordinador técnico. Pero, en cambio, en muchos contextos asiáticos, la obra asume un mayor grado de adaptación en tiempo real. El proyecto no busca cerrar todos los escenarios, sino configurar un marco suficientemente robusto para absorber transformaciones.

Esto tiene implicaciones directas en la coordinación de equipos. En entornos más jerárquicos, la decisión es rápida pero menos negociada; en contextos más horizontales, el consenso alarga los tiempos pero introduce mayor densidad crítica. Ninguna de las dos lógicas es necesariamente mejor ni pero: lo relevante es entender cómo afectan a la calidad del resultado.

Y hay, además, otra cuestión importante muy sutil que es la relación cultural entre forma y “legitimidad”. Me explico: en algunos entornos, la forma innovadora es un valor autónomo, pero en otros, solo adquiere sentido si puede justificarse constructivamente. Esta tensión remite, en el fondo, a dos tradiciones de pensamiento: la arquitectura como representación frente a la arquitectura como sistema. Y es ahí donde el arquitecto que trabaja internacionalmente aprende a traducir no ya idiomas, sino verdaderas epistemologías.

Sueles recordar que el diseño paramétrico y el pensamiento inteligente no nacieron con el software, sino que ya existían antes de la informática. ¿Por qué crees que a la disciplina le cuesta tanto conectar la innovación tecnológica actual con nuestras propias raíces históricas?

AJ: La dificultad para conectar tecnología y raíces proviene, en gran medida, de una lectura fragmentada de la disciplina. Hemos asumido que el diseño paramétrico es una consecuencia de la informática, cuando en realidad es una forma de pensamiento muchísimo más antigua.

Si observamos, por ejemplo, los famosos modelos colgantes de Gaudí o las estructuras de Shukhov, encontramos sistemas donde la forma no se impone, sino que emerge de unas relaciones físicas, tensionales o geométricas. Es decir, que hay una lógica totalmente paramétrica -un conjunto de variables y reglas- aunque no existiera entonces aún un software digital que la formalizara.

Y luego, autores tan importantes como Moretti ya intentaron en los años sesenta “reglamentar” esta intuición, introduciendo la idea de arquitectura como un puro campo de relaciones. Lo que hizo la computación fue acelerar y hacer explícitos tales procesos, pero de ningún modo inventarlos.

El problema es que la cultura digital tiende a borrar genealogías. Ya lo dijo Banham: cada revolución tecnológica reescribe su propio pasado para legitimarse, y, en arquitectura, esto ha generado una ruptura ficticia entre lo analógico y lo digital.

En mi opinión, recuperar esa continuidad no es un ejercicio historiográfico, sino operativo, que permite usar la tecnología con criterio. Sin esa conciencia,

<el riesgo es confundir herramienta con pensamiento y sustituir la inteligencia proyectual
por una dependencia instrumental>

Las metodologías BIM permiten integrar arquitectura, estructuras e instalaciones en un único modelo digital vivo. Desde tu experiencia, ¿en qué medida este modelo ha transformado la gestión de imprevistos técnicos durante la obra?

AJ: La incorporación del BIM supuso un cambio verdaderamente profundo porque introdujo una lógica sistémica en un proceso que históricamente había sido fragmentario. No fue solo una evolución respecto al CAD, sino un cambio realmente definitivo en la naturaleza del conocimiento del proyecto, y, por otro lado, su verdadero potencial no está tanto en la herramienta como, además, en la cultura colaborativa que exige.

En el modelo tradicional, el imprevisto en obra se resolvía como una excepción puntual. La información estaba distribuida en planos, en memorias y en cálculos, y su coordinación dependía en gran medida de la experiencia de los agentes. El BIM transformó ese escenario al integrar información multidisciplinar en un único sistema coherente que permite detectar interferencias y conflictos en fases más tempranas. Aunque no elimina el imprevisto, sí que desplaza su aparición. Muchos problemas que antes emergían en obra ahora se anticipan mediante la simulación y el análisis predictivo. Esto no reduce la complejidad, pero la hace más operativa.

Desde la gestión, esto implica un cambio de mentalidad: el arquitecto ya no reacciona ante el problema, sino que trabaja con escenarios “probabilísticos”. En cierto modo, el proyecto deja de ser una secuencia lineal para convertirse en un sistema dinámico.

Se debate intensamente si las herramientas de IA generativa llegarán a sustituir al arquitecto o si se limitarán a combinar lo existente. Desde un punto de vista técnico, ¿dónde está la frontera entre lo automatizable y lo que exige criterio humano?

AJ: La discusión sobre si la inteligencia artificial sustituirá al arquitecto parte, a mi juicio, de un mal planteamiento. No se trata de medir capacidades, sino de distinguir tipos de operaciones.

La automatización funciona especialmente bien en tareas donde existe un criterio de verificación claro: generación de alternativas, optimización de parámetros, detección de errores… En ese ámbito, la IA amplía radicalmente la capacidad productiva del arquitecto.

Sin embargo, hay un nivel de decisión que no puede reducirse a mero “cálculo”. La arquitectura implica establecer prioridades en contextos inciertos: qué sacrificar, qué preservar, qué enfatizar… Este tipo de decisiones no son deducibles de los meros datos porque implican juicio.

En la distinción aquella de Arendt entre labor, trabajo y acción, la automatización afecta sobre todo a las dos primeras, pero la arquitectura, en su dimensión más profunda, la de verdad, pertenece al ámbito de la acción: implica responsabilidad y sentido. Nada menos.

Además, los modelos generativos operan sobre correlaciones estadísticas, o sea, que producen resultados verosímiles a partir de lo existente, pero no introducen (por lo menos de momento) resultados verdaderamente nuevos, desde una posición crítica transformada o una ruptura significativa.

Por eso, más que una frontera tecnológica, lo que existe es una frontera ontológica: entre lo que se puede calcular y lo que requiere ser decidido.

Como profesor en la Escuela de Arquitectura, Ingeniería, Ciencia y Computación, de la Universidad Europea, te encuentras frente a alumnos que dominan herramientas capaces de automatizar secciones, estructuras y formas en segundos. ¿Cómo se enseña hoy a un estudiante a desarrollar un pensamiento crítico propio cuando la tecnología le ofrece respuestas e imágenes inmediatas?

AJ: Creo que, en cierto modo, enseñar hoy es enseñar a “resistir la inmediatez”. Trato de explicar:

Ya sabemos que enseñar implica ahora asumir que el acceso a la información ya no es un problema y que el reto es otro: enseñar a discriminar, a jerarquizar y a construir un criterio propio en un contexto tan saturado de estímulos, y que esto exige redefinir el rol del profesor, que ya no es transmisor de soluciones, sino mediador para ayudar a manejar la complejidad.

Y, por otra parte, el estudiante de arquitectura dispone, como dices, de herramientas capaces de generar soluciones complejas en segundos, lo que reduce el tiempo de producción, pero a menudo no aumenta la calidad del pensamiento, pues, el juicio crítico no es acumulación de conocimiento, sino capacidad de reflexión sobre la acción.

Por eso la enseñanza debe centrarse aún más en el proceso, y no sólo en el resultado. Introducir metodologías que obliguen a seguir argumentando cada decisión, a contrastar hipótesis, a justificar elecciones, obligando a detenerse, evitando que la velocidad de la herramienta sustituya la profundidad del pensamiento. La tecnología puede ser útil en este sentido si se utiliza como medio para explorar alternativas, pero nunca como sustituto del razonamiento.

La normativa urbanística suele ser uno de los grandes retos del proyecto. ¿Qué impacto puede tener en la formación de los arquitectos trabajar con herramientas que integren normativa urbanística actualizada directamente en el proceso de diseño?

AJ: La integración de la norma urbanística en herramientas de diseño puede transformar profundamente la manera en que se aprende a proyectar, porque convierte una restricción externa en un sistema activo dentro del proceso de pensamiento.

Históricamente, la normativa ha operado a veces como un marco posterior: se diseña y después se comprueba si el proyecto cumple y se ajusta. Este desfase genera fricciones, errores y, en muchos casos, simplificaciones del diseño. Pero cuando la normativa se integra en el propio modelo, pasa a formar parte de la lógica generativa del proyecto desde el principio, lo que permite reducir errores y optimizar decisiones.

Y además, en tanto que el planeamiento urbanístico no es en absoluto un conjunto de limitaciones, sino un sistema que organiza el territorio en función de criterios sociales, ambientales y económicos, si el estudiante entiende esto, la normativa deja de percibirse como obstáculo y se convierte entonces en un lenguaje.

El riesgo es que la automatización del cumplimiento genere una relación acrítica con la norma. Por eso, más que digitalizar la normativa, el reto es hacerla interpretable. Solo así puede ser incorporada de manera consciente en el proyecto.

Hoy en día es fácil generar imágenes de proyectos espectaculares que convencen a clientes y jurados de concursos, pero que luego plantean enormes desafíos estructurales. Como arquitecto con experiencia en proyectos complejos, ¿cómo se gestiona la tensión entre la espectacularidad visual y la racionalidad constructiva?

AJ: La tensión entre espectacularidad visual y racionalidad constructiva es, en realidad, una manifestación contemporánea de un conflicto clásico en arquitectura: la relación entre representación y materialidad.

Lo que ha cambiado es el desequilibrio entre ambas dimensiones. Hoy es posible generar imágenes altamente convincentes sin que exista una correspondencia estructural o constructiva clara. Esto introduce un riesgo: que la arquitectura se convierta en una simulación desligada de su propia viabilidad.

Sin embargo, las arquitecturas más relevantes históricamente no han evitado esa tensión, sino que la han “productivizado”. Pensemos en Candela o en Frei Otto: formas radicales que no surgen de una voluntad estética autónoma, sino de una rigurosa exploración de sistemas estructurales.

Desde la práctica profesional, esto implica otra vez introducir la lógica constructiva desde las primeras fases de diseño. No como corrección a posteriori, sino como un auténtico generador formal. En este sentido, el pensamiento paramétrico, del que hemos hablado antes, bien entendido (lejos del puro fetichismo formal y mucho más todavía de la mera estampa vacía) puede ser extremadamente potente, porque permite vincular comportamiento estructural, materialidad y geometría en un mismo sistema.

<La clave está pues en evitar que la imagen preceda a la lógica.
Cuando eso ocurre, el proyecto deja de ser arquitectura y pasa a ser simple representación>

Mirando al futuro, la historia demuestra que los grandes cambios nos pillan siempre por sorpresa. ¿De qué tema no estamos hablando hoy en los medios y estudios que será crucial dentro de veinte años?

AJ: Si debo señalar un tema que creo de verdad que será crucial en las próximas décadas y que hoy no ocupa el centro del debate, diría que es la “gobernanza” del proceso.

Estamos centrando la discusión en las herramientas -IA, BIM, modelado generativo, etc.-, pero no en cómo se toman decisiones dentro de esos sistemas. Quién decide, con qué criterios, con qué responsabilidad…

A medida que el proyecto incorpore más datos, algoritmos y automatización, será necesario establecer mecanismos de trazabilidad. Es decir, poder reconstruir cómo se ha llegado a una determinada solución, qué variables han intervenido, qué decisiones han sido humanas y cuáles han sido automáticas.

Esto no es solo una cuestión técnica, sino asimismo ética y profesional. La arquitectura siempre ha sido una disciplina de responsabilidad pública. En un contexto cada vez más mediado por sistemas digitales, esa responsabilidad no desaparece, sino que se desplaza.

En la universidad, esto obliga a formar arquitectos capaces no solo de diseñar, sino de justificar. De explicar sus decisiones, de hacer legible su proceso. Porque, en el futuro, la legitimidad de la arquitectura no dependerá únicamente de la forma, sino de la inteligencia y la transparencia que haya detrás de ella.

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