Entrevista a Ali Enterazi Najafabadi, Comunicación Arquitectónica y RA
Hoy tenemos el placer de presentaros a Ali Entezari Najafabadi, arquitecto y diseñador de interiores, investigador en la aplicación de tecnologías virtuales y realidad aumentada en arquitectura, analizando cómo estas herramientas pueden dinamizar y transformar la interacción social en los entornos urbanos actuales.
Tu investigación doctoral en Comunicación Arquitectónica explora la relación entre realidad aumentada y espacio urbano. ¿Cómo redefine la tecnología la forma en que la arquitectura se comunica con las personas?
AEN: La tecnología contemporánea ha transformado la naturaleza misma del espacio, trascendiendo sus límites puramente materiales para dar paso a una era híbrida: el entorno ‘Digical’ (físico-digital), un concepto neurálgico en mi investigación doctoral.
Esta transición reconfigura la arquitectura en dos vertientes críticas. Por un lado, introduce una complejidad sociopolítica en el espacio. Mientras que la arquitectura tradicional se basaba en una confrontación directa, lógica y tangible con el entorno, la era digical impone una arquitectura estratificada. Hoy en día, la experiencia espacial está fragmentada; dos individuos pueden coexistir en el mismo plano físico y, sin embargo, habitar realidades completamente distintas según su nivel de acceso a la infraestructura digital. Esto representa la evolución contemporánea de los mecanismos de control teorizados por Michel Foucault: un sistema de vigilancia desmaterializado, invisible y ubicuo.
Por otro lado, esta hibridación enriquece exponencialmente nuestra percepción urbana. La Realidad Aumentada (RA) actúa como una interfaz dinámica que expande los límites físicos, permitiendo superponer datos, volumetrías, cromatismos y dimensiones sonoras sobre el entorno existente. La arquitectura ya no se comunica como un objeto estático e inmutable, sino como un ente multidimensional que transforma profundamente la cognición humana y nuestra relación con la ciudad y arquitectura.
¿Hasta qué punto la ciudad contemporánea ya puede considerarse una infraestructura informacional además de una física?
AEN: Efectivamente, la ciudad contemporánea ha dejado de ser un contenedor puramente físico para convertirse en un ecosistema híbrido. Para responder a esta cuestión, es imprescindible recurrir nuevamente al concepto de entorno ‘Digical’, ya que la dimensión informacional no es un añadido superficial, sino una condición intrínseca de la urbe actual.
Hoy en día, tanto la estructura tangible de los flujos y el trazado vial, como la esencia intangible de la identidad espacial, distan por completo de los paradigmas urbanos de hace medio siglo. La morfología física de la ciudad ya no es un fin en sí misma; se ha transformado en el soporte material que alimenta y genera los datos fundamentales del orden digical.
En este sentido, la infraestructura física y la informacional no coexisten de manera paralela, sino simbiótica: el espacio material actúa como un sensor continuo que captura dinámicas humanas, flujos y comportamientos, traduciéndolos en flujos de información en tiempo real. Por lo tanto, la ciudad ya no puede entenderse únicamente a través de su tectónica o su geografía, sino como una infraestructura de información viva, donde el bit y el átomo son indisociables en la configuración de la experiencia urbana moderna.
La plaza Azadi en Teherán y la plaza de la Puerta del Sol en Madrid se usan de formas completamente diferentes. ¿Cómo cambia el papel y el propósito de la Realidad Aumentada cuando se aplica a culturas urbanas tan distintas? ¿Es la tecnología un lenguaje universal para el espacio público o el diseño digital debe ser profundamente local?
AEN: Tanto la Plaza Azadi en Teherán como la Puerta del Sol en Madrid trascienden su dimensión física; son catalizadores de la memoria colectiva y de la identidad nacional de sus respectivas sociedades. El carácter simbólico de estos espacios no es estático, sino que se ha consolidado a lo largo del factor tiempo, mediante una constante interacción entre los ciudadanos, los acontecimientos históricos y la propia urbe. Por ende, la percepción de un teheraní ante Azadi y la de un madrileño ante Sol son intrínsecamente distintas, moldeadas por sus propios códigos culturales e históricos.
Es precisamente en esta bifurcación donde la Realidad Aumentada (RA) revela su mayor potencial al operar directamente sobre el espacio tangible. Ante la disyuntiva de si la tecnología es global o local, considero que esta opera sí como un lenguaje universal, pero uno que se articula a través de diferentes acentos locales. La infraestructura tecnológica y sus códigos son globales, pero su decodificación y experiencia están irremediablemente supeditadas al contexto de cada lugar.
A través de la RA, podemos activar las ‘capas de memoria’ invisibles de cada plaza: desde la recreación visual de hitos históricos hasta la superposición de datos gráficos, archivos sonoros, textos o vídeos vinculados a puntos específicos del espacio. Hoy en día, la convergencia emergente entre la Inteligencia Artificial (IA) y la RA permite que esta reconstrucción fenomenológica del espacio público sea dinámica y personalizada. Lo fascinante es que, al mismo tiempo que respeta la idiosincrasia de cada cultura urbana, actúa como un puente cognitivo que ayuda a que un ciudadano extranjero y un habitante local puedan aproximarse a una percepción unificada del espacio. En definitiva, la RA no homogeniza las ciudades, sino que traduce sus particularidades a un código común, permitiendo que el espacio hibridado hable una lengua global enriquecida por los matices de su propia historia.
En tu trabajo sobre identidad espacial utilizas el concepto de heterotopía de Foucault (lugares que adquieren un significado especial más allá de su función física). ¿Cómo se reinterpreta dentro de los entornos aumentados? ¿Puede una intervención digital alterar la identidad de una plaza sin modificar un solo ladrillo?
AEN: El concepto de heterotopía de Foucault se refiere a lugares con un significado especial y casi abstracto. Esta misma naturaleza intangible es la que nos permite conectarlo perfectamente con el mundo digital. Es común que, al sumergirnos en el entorno digital, nos desconectemos por un momento de lo que nos rodea e incluso perdamos la noción del tiempo. Lo verdaderamente innovador en el mundo ‘Digical’ ocurre cuando el espacio físico se convierte en la interfaz para interactuar con esa dimensión digital. En ese momento, la heterotopía se vuelve tangible y expande por completo la relación del ser humano con su entorno.
La Realidad Aumentada es la tecnología que permite esta hibridación, logrando que el entorno digital y el físico se fusionen a través de una experiencia multisensorial. El espacio público comienza a comportarse como una galería de arte dinámica: su identidad se redefine según el contenido y la interacción del usuario. Históricamente, hemos visto edificios que transforman radicalmente su identidad sin alterar su estructura —como iglesias o antiguos hospitales reconvertidos en centros culturales mediante un cambio en la praxis social—. La RA democratiza y acelera este fenómeno, permitiendo mutaciones identitarias y funcionales de manera instantánea e incruenta.
No obstante, es crucial entender que la identidad del espacio siempre ha sido dinámica, incluso antes de la era digital. Lo que hace la tecnología contemporánea no es inventar esa fluidez, sino añadir una nueva dimensión que trasciende las barreras tradicionales del tiempo y del espacio físico. La materia y los elementos físicos siempre han reflejado esta identidad dinámica a lo largo de la historia; sin embargo, hoy ya no son el único medio para expresarla. Ahora, la Realidad Aumentada permite que esa evolución constante de la ciudad continúe de forma digital, transformando el entorno digical en un proceso mucho más amplio y multidimensional.
Gran parte de las experiencias digitales son individuales, a través de una pantalla o unas gafas. Sin embargo, el espacio público es, por definición, colectivo. ¿Cómo puede la realidad aumentada fortalecer la experiencia compartida de la ciudad en lugar de aislarnos aún más?
AEN: La crítica sobre el aislamiento social y la disminución de la actividad física debido al entorno digital es totalmente válida, y este riesgo se vuelve aún más evidente en las nuevas generaciones. Tecnologías como la Realidad Virtual (VR) tienden a agudizar este problema al romper el último lazo del individuo con el mundo exterior. Sin embargo, la Realidad Aumentada (RA) plantea un paradigma opuesto: su esencia no es evadir la realidad, sino integrarse con ella.
Mientras que una pantalla tradicional o un mapa en 2D a menudo nos abstraen del entorno haciendo que nos perdamos lo que sucede a nuestro alrededor, la RA enriquece la percepción del espacio de manera activa. Un ejemplo claro es la navegación urbana interactiva, que nos obliga a mirar el entorno en lugar de ensimismarnos en el teléfono.
El verdadero potencial colectivo de la RA radica en su capacidad para generar experiencias compartidas en el espacio público. Mediante juegos grupales interactivos o eventos urbanos basados en la geolocalización, la tecnología actúa como un catalizador social: fomenta el movimiento físico, impulsa la interacción entre los ciudadanos y estimula el aprendizaje lúdico en los niños. Estas intervenciones permiten democratizar el acceso a la cultura y al ocio urbano, creando experiencias comunitarias de alto impacto con un coste de infraestructura mínimo. Con el avance tecnológico, la RA no nos aislará, sino que reconfigurará el espacio público como un escenario de socialización híbrida y compartida.
Imaginemos una ciudad en 2045 donde la realidad aumentada sea ubicua. ¿Quién debería regular las capas digitales que aparecen sobre el espacio público: las administraciones, los propietarios del suelo, las grandes plataformas tecnológicas o la propia ciudadanía?
AEN: Es innegable que la penetración de la dimensión digital en el concepto ‘Digical’ aumenta exponencialmente, transformando nuestra interacción con el espacio a una velocidad que supera la capacidad de adaptación de los individuos y las sociedades. En las últimas dos décadas, hemos visto cómo los gobiernos e instituciones han intentado regular, controlar y limitar el mundo digital, casi siempre con un éxito mínimo. No se pueden imponer leyes rígidas sobre un territorio cuya naturaleza aún no terminamos de comprender.
El entorno virtual y la Realidad Aumentada impulsan, por un lado, una democratización sin precedentes del espacio, pero por otro, abren la puerta a abusos y a una ingeniería social silenciosa por parte de corporaciones y estados. Por lo tanto, la gobernanza de este entorno en 2045 no puede ser punitiva ni vertical, sino que debe basarse en un aprendizaje orgánico y dinámico, donde la Inteligencia Artificial juegue un papel crucial para acelerar la comprensión de estas nuevas experiencias humanas.
Las administraciones públicas deben limitarse a garantizar la ciberseguridad básica y la protección contra daños a terceros, aunque este control siempre estará bajo la lupa crítica de los intereses políticos y económicos. Más allá de ese marco de seguridad, la gestión de las capas digitales debe pertenecer a la ciudadanía y a su libre elección. Así como ninguna entidad puede obligarnos a elegir el fondo de pantalla de nuestro teléfono, en la urbe digical el ciudadano debe ser libre de elegir qué capas interactúan con su realidad. Si las grandes plataformas o los gobiernos intentan monopolizar o bloquear el espacio digital, el código abierto y la propia comunidad siempre encontrarán miles de aplicaciones y alternativas para descentralizar el control. El futuro del espacio público digital será descentralizado o no será.»
En tus investigaciones analizas cómo las representaciones digitales influyen en nuestra percepción del espacio. Como diseñador de interiores, ¿cómo gestionas la distancia entre la perfección de un render y la realidad construida, con todas sus limitaciones e imperfecciones?
AEN: En el proceso del diseño arquitectónico, siempre existe una brecha entre la perfección del render inicial y la realidad construida. Esta tolerancia o margen de error se amplía notablemente en el diseño de interiores, donde lidiamos con una escala de detalle mucho mayor y, frecuentemente, con proyectos de reforma o rehabilitación de espacios existentes. Para reducir esta brecha, es indispensable un conocimiento profundo del espacio desde tres ejes: el lugar físico, el factor tiempo y la comprensión del usuario. Cuanto más riguroso sea este diagnóstico, más precisa será la ejecución final.
El render clásico tiende a idealizar el espacio para seducir al cliente, mostrándolo impecable y estático. Sin embargo, para que el usuario logre una percepción espacial honesta, es necesario renderizar la imperfección: mostrar las limitaciones estructurales, la luz real y el desorden natural que surge del uso cotidiano. El espacio no debe proyectarse simplemente como un ‘contenedor’ vacío, sino integrado con su contenido real: el ser humano y sus dinámicas de vida.
En este escenario, la Realidad Aumentada se convierte en una herramienta diagnóstica fundamental para el diseñador de interiores. Al actuar como una ‘piel digital’ superpuesta de manera instantánea sobre la infraestructura existente, la RA permite previsualizar los cambios in situ. Grandes firmas de mobiliario y moda ya utilizan esta tecnología para que el usuario pueda insertar volúmenes y texturas en su espacio real antes de comprar. En el diseño de interiores, la RA democratiza la comprensión espacial, reduciendo drásticamente la incertidumbre entre la expectativa digital y la realidad materializada.
Como arquitecto e investigador, ¿cuál es el mayor reto al explicar a un cliente tradicional que su espacio físico tendrá una «capa» de realidad aumentada?
AEN: Como arquitecto e investigador, el mayor reto no es técnico, sino conceptual: consiste en cambiar el paradigma del cliente tradicional, quien entiende la arquitectura como algo puramente estático, material y terminado. Para un cliente convencional, el valor de un proyecto se mide en metros cuadrados, ladrillos y presupuestos tangibles. Explicarle que su espacio tendrá una ‘capa digital’ implica hacerle entender que la arquitectura ya no termina cuando se entrega la obra, sino que se convierte en un proceso vivo y dinámico.
El desafío radica en demostrarles que esta capa de Realidad Aumentada no es un simple accesorio tecnológico o un ‘filtro’ decorativo, sino un nuevo material de construcción invisible pero funcional. A menudo, el cliente tradicional teme que lo digital caduque rápido o que aísle al usuario. Mi labor es hacerle ver que la materia física y la capa digital se necesitan mutuamente dentro del entorno ‘Digical’: la materia física da el soporte y la seguridad, mientras que la capa digital aporta flexibilidad, permitiendo que el espacio cambie de función, albergue memoria o interactúe con el usuario sin necesidad de hacer reformas costosas en el futuro. El reto, en definitiva, es enseñarle al cliente a ver el espacio no como un contenedor de objetos, sino como una infraestructura de experiencias.
Si dentro de veinte años la realidad aumentada transforma definitivamente la identidad, la interacción y la inmersión urbana, ¿seguiremos hablando de ciudad física y ciudad digital o necesitaremos una definición completamente nueva de ciudad?
AEN: No creo que sea necesario esperar veinte años; de hecho, esa fusión ya es nuestra realidad actual. Hoy en día, la dicotomía entre lo físico y lo digital ha quedado obsoleta. No vivimos en una simulación puramente virtual como Matrix, pero tampoco en la urbe estrictamente material de hace un siglo. Estamos inmersos en la era de la Urbe Digical, y este concepto es precisamente el que llena ese vacío teórico. Hoy, al diseñar el espacio urbano, ya no basta con apelar a los cinco sentidos tradicionales; la capa digital debe entenderse como un sentido más de interacción. Elementos tan cotidianos como los códigos QR son la prueba viviente de que esa infraestructura digital ya está integrada en el tejido de nuestras ciudades. Por lo tanto, la ciudad del futuro —y la de hoy— ya es una urbe digical; lo que cambiará en las próximas décadas no es su existencia, sino la profundidad, el peso y la evolución de esa capa digital.
En este escenario, aparece otro actor fundamental: la Inteligencia Artificial. Existe un debate abierto sobre si la IA debe tratarse simplemente como una herramienta digital avanzada o si requiere una nueva definición filosófica dentro del urbanismo. Lo que es indudable es que la urbe del mañana no será solo digical, sino una urbe digical inteligente. La IA no solo gestionará datos, sino que reconfigurará la memoria, la adaptabilidad y la vida colectiva del espacio, consolidando una definición de ciudad donde la materia, el código y el pensamiento artificial forman un único ecosistema vivo.
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